Los libros vuelven a pagar impuestos como en la época de Moreno, adiós BookDepository

Los libros vuelven a pagar impuestos como en la época de Moreno, adiós BookDepository

Una de las pocas medidas sanas de CFK y su Gobierno, fué haber sacado el impuesto a comprar libros en el exterior, adiós Amazon, BookDepository y demás gigantes de la cultura. Argentina, otro paso nuevamente para atrás.

Jódamonos todos, por las decisiones de volver a votar a quien nos gobierna! Esto igual, es el mal menor, luego de esta cuarentena eterna, que destruyó familias, vidas, carreras, personas, nos hundió a todos, todos, menos ellos obviamente!

Fue una de las medidas más polémicas del gobierno de Cristina Kirchner: en marzo de 2012 se activó una resolución dictada en 2010 por el entonces Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, que obligaba a controlar la tinta de los libros que llegaban del exterior porque, decían, era potencialmente peligrosas para la salud. En la práctica era una restricción a las importaciones y ahora, en medio de una crisis en la que otra vez faltan dólares, la cláusula volvió a aparecer.

El argumento es sanitario: «Los consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho, en la relación de consumo, a la protección de su salud, seguridad e intereses económicos, y a una información adecuada y veraz», dice la resolución.  Este examen efectivamente se llevó a cabo entre 2012 y 2015. ¿Cuántos libros con plomo se detectaron? Ninguno, informa Martín Gremmelspacher, presidente de la Cámara Argentina del Libro. Ninguno.

La resolución, además, no afecta a lotes de libros menores a 500 ejemplares. ¿Si llegaron menos de 500 el plomo de cada ejemplar es menor? ¿El lector no se contamina si su ejemplar vino en caja chica?

Lo que ocurrió en 2012 -y es previsible que vuelva a pasar- fue que se encareció el trámite de importación. En ese momento, y en off, los editores aseguraban que prácticamente no se usa tinta con plomo en el mundo y que existen verificadoras que hacen ese trabajo en el lugar donde se imprime. Este lunes dijeron lo mismo: ¿otra vez sopa? Un poco de perplejidad había -aunque el viernes ya se hablaba de que se venía esta resolución- porque el tema había sido conversado por el sector con personalidades que hoy ocupan altos cargos en el gobierno.

«¿Me están cargando? Se queman los humedales, no paran la megaminería y me hablan del plomo en los libros?», decía un editor en estricto off. Ya sabe lo que se viene. Un importador destacado, Jorge Waldhuter, va por el mismo lado: el argumento sanitario, dice, «ofende la inteligencia. Mirá cómo tenemos el Riachuelo y mirá cómo los ingleses tienen el Támesis. Es una traba a las importaciones».

Las consecuencias en 2012 fueron directas: caída de las importaciones de libros. El economista Enzo Domínguez Prost, asesor de la Dirección Nacional de MERCOSUR en el Ministerio de Desarrollo Productivo, cuenta este lunes en el blog Abro Hilo cómo funcionaba el proceso para artículos que siguieron pasando el control: «en 2018, el proceso entero (solicitud, liberación de mercadería sin derecho a uso, ensayo del laboratorio y trámite en DLC) duraba entre 60 y 90 días, por lo que muchos usuarios importadores de algún insumo sujeto a este reglamento optaban por no comprar más importado y comenzar a comprar localmente. El principal problema se daba en los casos donde no existía producción local de ese insumo, o donde el precio local era excesivamente superior al importado, y cuando hablamos de insumos, eso tiene un efecto aguas abajo devastador para toda la competitividad de la cadena».

Por qué cuesta lo que cuesta un libro

Respecto de los libros, apunta: «las importaciones se redujeron luego de la implementación del RT en 2010 y aumentaron luego de la Res. 1/16».

No, no es sólo sanidad. Un poco más adelante, la resolución actual se sincera: estos controles, dice, «permitirán el establecimiento de estándares de producción y mejora de la competitividad para los productos que se fabrican y comercializan en el país». Eso es una cosa y preocupación por la salud, otra.

La medida, de hecho, protege a la industria gráfica nacional. En 2012 Juan Carlos Sacco, que era vicepresidente 1° de la Federación Argentina de la Industria Gráfica. (FAIGA), explicó: “Si uno pone el dedito en la lengua para cambiar de hoja puede ser peligroso”.

Efectivamente, la industria gráfica está en problemas y no sólo en la Argentina. Cada vez que damos click a «recibir factura digital», alguien deja de imprimir esas facturas. La facturación electrónica bajó una enorme cantidad de talonarios en papel. Los trámites, las planillas, las guías telefónicas. Los libros quizás sean, paradójicamente, uno de los poco lugares en que el papel sigue siendo muy valorado.

Justamente Juan Carlos Sacco, presidente de Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines (Faiga), apoya la medida enérgicamente: «El primer decreto que firmó el ex presidente Macri fue sacar de la norma técnica 453/685 el tema de los libros. Y lo hizo a pedido de su ministro Pablo Avelluto, que a su vez fue durante muchos años el CEO de Random House. Gracias a Alberto Fernández, Santiago Cafiero y Paula Español pudieron reestablecer la 453. Es de mi autoría, desde la época de Cristina. Fue una norma técnica. Se puede importar, lo que sí, para importar tenés que demostrar que los libros que vas a traer está libre de metales pesados».

Sacco deja claro el caracter económico de la norma: «Se reactiva la gráfica de libros. En 2011 se importaban 80 millones de dólares y acá en el país solamente se producían 20 millones de dólares. A mediados de 2011 se dio vuelta la ecuación gracias a la norma: 80 millones de dólares quedaron en el país. Gracias a eso se exportó, porque los grandes editores no son nacionales, son transnacionales».

Como siempre, si se importa no es por falta de amor al país sino por el vil metal. Waldhuter explica: «A pesar de que nuestra moneda no vale nada a los editores españoles les sale más caro editar en Buenos Aires que en su país y ya ni hablo de China o de Europa del Este. Esta medida se tomó durante tres o cuatro años, fue una medida proteccionista para las imprentas pero ni se diversificaron ni trajeron mejores máquinas ni nada y los libros salen carísimos».

En algunos casos -pero los menos- no hay en el país tecnología para equiparar la calidad de otros lugares, sobre todo cuando se trata de libros ilustrados, calados o con algún tratamiento especial. «Algunas imprimen en China porque no hay calidades, sobre todo para los libros infantiles, pero hay otros editores que durante cinco años estuvieron quejándose contra la importación de libros y cuando se abrió mandaron a imprimir a China», dice Waldhuter.

El presidente de la Cámara del Libro, Gremmelspacher, lo entiende en términos económicos y piensa que no apunta a los libros sino a los fascículos: «Es una política paraarancelaria que ya el gobierno anterior había utilizado. No afecta la bibliodiversidad porque no alcanza a los envíos de menos de 500 ejemplares. El problema que tiene nuestra partida es que incluye fascículos, que representan más del 50 por ciento de lo que se importa y no tienen que ver con el libro».

María Teresa Carbano, presidenta de la Fundación El Libro, entiende que «en realidad es una medida que aplicaría a los libros importados o a aquellos libros con ISBN nacional que se imprimen fuera del país». Y cree que se trata de alentar la impresión local más que de defender los dólares porque «el drenaje de dólares a través de los libros no es una cifra extraordinaria».

Efectivamente, los dólares que salen del país para pagar libros importados son pocos. Según la Cámara del Libro, en 2019 se pagó por libros 102 millones de dólares. ¿Mucho o poco? Sólo de dólar ahorro en julio se compraron 740 millones. Como para darse una idea.

En 2020, siempre según números de la Cámara, hasta ahora salieron apenas 24 millones de dólares en el rubro «libros» y de ese número la mitad, dice Gremmelspacher, «son fascículos».

El Ministerio de Cultura, cargo de Tristán Bauer, prefirió no tomar posición. Fuera de la Cámara del Libro, en la industria editorial están sorprendidos o hablan de una movida de los imprenteros. Quizás nadie quiera recordarlo pero ahí está la foto del día, a fines de septiembre de 2011, en que alrededor de un millón de libros quedaron varados en la Aduana. Desde octubre de ese año hubo que pedir autorización título por título. No era un control ideológico, era económico. Pero perjudicó la llegada de ideas y emociones y complicó a una industria que ya la tiene bastante difícil.

Jódamonos todos, por las decisiones de volver a votar a quien nos gobierna! Esto igual, es el mal menor, luego de esta cuarentena eterna, que destruyó familias, vidas, carreras, personas, nos hundió a todos, todos, menos ellos obviamente!