El Robo del Gobierno Nacional a Capital Federal, cómo se gestó

El Robo del Gobierno Nacional a Capital Federal, cómo se gestó

Alberto Fernández decidió quitarle $35 mil millones a la ciudad de Buenos Aires para dárselos a Axel Kicillof, el preferido de Cristina Kirchner, podría llamarse «crónica de un Robo anunciado».

Esto es: cuando el Presidente dijo hoy: «nadie puede hacerse el sorprendido con esta medida» tiene razón. ¿Cómo es esto?

Miremos primero los números: como sucede en una casa, para saber dónde están las prioridades hay que mirar dónde va el dinero.

En 8 meses de gobierno, Alberto Fernández les transfirió a las provincias, por fuera de la ley de coparticipación federal de impuestos, $212.000 millones.

De ese monto, que el Presidente transfiere de forma discrecional, casi la mitad, $105.000 millones fue para la provincia de Buenos Aires: para los gastos corrientes de su administración. A esa transferencia hay que sumarle ahora los $35.000 millones que, sin negociar, ni consultar, el Gobierno le está quitando a Horacio Rodríguez Larreta.

Utilizando la metáfora de un consorcio, el exministro de economía Hernán Lacunza explicó la movida así: «Si un consorcio con escasez de recursos puede disponer arbitrariamente y sin aviso los ingresos del 6a para atender los problemas del 4b, el edificio es imprevisible, no hay plan de inversiones viable, ni incentivos para una administración austera de fondos propios y comunitarios».

Alfredo Cornejo lo dice de un modo menos delicado: «Desde la estatización de YPF, la negociación con el Club de París y así sucesivamente, Kicillof es el político más caro para los argentinos».

¿Cuál es el objetivo del zarpazo?

Hay varios. Desgastar a Larreta, el líder de la oposición con mejor imagen; alimentar con recursos el principal bastión electoral de Cristina Kirchner, el conurbano; lograr con esa transferencia arrasar en las elecciones del año que viene y conseguir los legisladores que le faltan en la Cámara de Diputados, donde está el principal bastión opositor: le faltan al menos 11 diputados para alcanzar la mayoría.

Y, de paso, vengarse de los porteños que hacen banderazos y siempre son un obstáculo para el proyecto hegemónico. Como decía Néstor Kirchner, el inspirador del presidente: «Nunca te prives del placer de la venganza».

El populismo sin plata y sin enemigos no funciona.

Los Kirchner siempre quisieron alimentar el conurbano y la provincia de Buenos Aires porque saben que, quien controla el conurbano, gana las elecciones. A Scioli le retaceaba el dinero porque no le tenían confianza. Pero Kicillof no solo es del palo, sino que carece de vuelo propio sin Cristina: es su debilidad, su niño mimado.

La trama de cómo Larreta y los intendentes de Juntos por el Cambio cayeron ayer en la trampa que les tendió el oficialismo, durante la reunión en Olivos donde el Presidente anunció el golpe a los porteños estaba llena de señales para quien quisiera leerlas.

En 2018, en un acto en Almirante Brown, Máximo Kirchner dijo: «En Buenos Aires, hasta los helechos tienen luz». Unos meses después, Cristina utilizó la misma frase en un acto en La Matanza.

Unos días atrás, el Presidente dijo que sentía «mucha culpa» por la opulencia de Buenos Aires. Hace días, Cristina almorzó con Alberto en Olivos y le reprochó su cercanía con Larreta.

«Larreta y Macri son lo mismo», le explicó. Y le dijo que ella había sido perseguida y allanada por la policía de Larreta. Cristina ordenó, Alberto ejecutó.

Ayer por la tarde, los intendentes de Juntos por el Cambio acudieron a Olivos para apoyar la institucionalidad, alarmados por un preocupante piquete policial que había rodeado la quinta presidencial.

En reclamo de aumentos salariales, la bonaerense rodeaba la quinta con armas.

El susto también se alimentó de esa extraña profecía que echó a rodar Eduardo Duhalde sobre la factibilidad de un golpe de estado.

Por eso desde el kirchnerismo duro, por ejemplo Baradel, el líder de los docentes bonaerenses, interpretaron que la rebelión de la bonaerense era un intento de «desestabilización» orquestado por Mauricio Macri y María Eugenia Vidal.

A lo de Baradel, Freud lo llamaría «proyección»: entre 2016 y 2019 encabezó una huelga de docentes salvajes contra el gobierno de María Eugenia Vidal, que se arreglaron, como por arte de magia, cuando volvió el kirchnerismo.

Pero, en un país con un negativo historial de quiebre de la institucionalidad había motivos más que suficientes para preocuparse, por eso acudieron a apoyar al Presidente los intendentes de Juntos por el Cambio.

Fueron a apoyar y salieron con un puñal clavado en la espalda: en sus caras, y sin que nadie se los hubiera avisado, el Presidente anunció el zarpazo a la Ciudad.

Uno de esos intendentes me contaba hoy: «Nos miramos cuando nos dimos cuenta de lo que estaba pasando, pensamos en levantarnos e irnos, pero hubiera sido un escándalo».

Hoy Larreta anunció que piensa llevar el reclamo a la Corte.

Como tuiteó, con ironía, el economista de la Universidad Di Tella, Eduardo Levy Yeyati: «El nombre del modelo es pobreza inclusiva».