En busca del dólar perdido

Continua la inflación del peso argentino, disparada en los últimos meses aunque negada de manera sistemática por el Gobierno de Cristina Fenández de Kirchner, ha hecho resurgir un comercio masivo de dólares, divisa fuerte que todos los argentinos quieren poseer. En las principales ciudades los pícaros tratan de engañar a los turistas extranjeros que buscan cambiar sus dólares por pesos.

Los intercambios informales de divisa se llevan a cabo en las llamadas “cuevas”, que lo mismo puede ser la trastienda de un comercio en el centro de Buenos Aires que el mostrador de un hotel. El hecho es que hoy Argentina, conforme el peso se devalúa, vive una auténtica fiebre del dólar.

No podía ser de otro manera teniendo en cuenta el severo control de cambios –el famoso cepo cambiario– impuesto por el Gobierno para evitar la fuga de divisas. Actualmente en Argentina conviven dos tasas de cambio para el dólar. La oficial es 5,2 pesos por cada dólar. Esta tasa es la que aplica la banca y los establecimientos autorizados de cambio de divisa que hay en el centro de las ciudades, así como en aeropuertos y hoteles. Los turistas procuran obtener más pesos por cada dólar que introducen en el país, así que en el mercado negro el billete verde se cambia a 10,4 pesos, justo el doble.

Los argentinos han bautizado a este dólar como el “dólar Messi”, en clara alusión al jugador del Barcelona y estrella de la selección nacional. Messi lleva el número 10 en el dorsal, y de ahí el nombre. Messi o no, el hecho es que las “cuevas” constituyen una seria amenaza para el control férreo que Fernández de Kirchner ha impuesto sobre los cambios, cuyo fin principal es poner coto a la fuga de capitales.

Obviamente cada dólar convertido en peso en uno de estos establecimientos ilegales es un dólar que se escapa a la fiscalización del Gobierno. Eso no estaba en los planes del ministerio de Economía argentino ni del Banco Central, custodios de un cepo que está amargando la vida a los habitantes del país. Desde que la presidenta fue reelegida hace ya año y medio, el mercado negro de cambio ha crecido de manera exponencial, casi al mismo ritmo y con la misma intensidad con la que el Gobierno estrechaba el cerco sobre los que pretenden sacar divisa fuerte de la República.

Y ese no es el único problema financiero al que tienen que enfrentarse los argentinos. Las grandes empresas están sometidas a una regulación draconiana en todo lo tocante a importaciones. Los argentinos que salen al exterior tienen que pagar una tasa del 20% sobre toda transacción que realicen en el extranjero con las tarjetas de crédito emitidas dentro del país. Desde hace unos meses los argentinos tienen, además, que liquidar un arancel sobre cualquier servicio de viajes, incluidos los billetes de avión.

A estas alturas es prácticamente imposible para los ciudadanos en el interior del país adquirir moneda extranjera a través de los canales legales. Nadie puede comprar dólares a no ser que vaya a viajar al extranjero. Antes de hacerlo debe dirigirse a la secretaría de Hacienda y solicitarlo formalmente cumplimentando un impreso en el que debe detallarse cuánto dinero quiere convertirse y en qué va a utilizarse. Esto, por descontado, no garantiza que la secretaría autorice la conversión de moneda. Las denegaciones son continuas para frustración de hombres de negocios y familias que quieren hacer compras en el extranjero.

A su vez el Gobierno teme que, una vez convertida una cantidad, el beneficiario no la gaste y la destine al ahorro. Kirchner no quiere que los argentinos ahorren en dólares, sino en pesos. Conseguir algo así con una moneda devaluada y el historial de inflaciones y quiebras que arrastra la República argentina es misión imposible. La memoria histórica del último default en 2001 todavía está fresca y la mayoría prefiere no arriesgarse.

Con el cepo cambiario ha conseguido que, al menos sobre el papel, se detenga en seco la fuga de capitales, que en 2011 fue de 21.500 millones de dólares y en 2012 de sólo 3.400 millones. Es aquí donde entra el mercado negro y, especialmente, el “peso Messi”. Y detrás de toda esta tragedia está uno de los fantasmas más temidos de Argentina: la hiperinflación. Actualmente la inflación reconocida por el Gobierno es del 11%, pero nadie, ni dentro ni fuera del país, se cree ese dato. Las estimaciones más conservadoras arrojan una inflación del 25%.

Y como para finalizar con los problemas actuales se suman nuevos. La crisis económica ha vuelto a hacer acto de aparición en Argentina. El país, que registró espectaculares crecimientos durante la década pasada gracias a la exportación de soja y otras materias primas, se está deteniendo. Muchos empiezan a intuir que lo que tienen entre las manos es una bomba de relojería. La única incógnita que les queda por despejar es si estallará como en 2001 o como en 1989.

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