Ya no quedan colchones y ahora hay que pilotear un modelo K

A esta altura, el debate sobre en qué consiste el “modelo K”, y en qué derivó, puede resultar interminable.

Pero, sobre lo que nadie tiene dudas es de aquello que en definitiva ha sido la única marca permanente de la gestión kirchnerista, que le ha dado su identidad y se ha constituido en la base del éxito electoral: es un modelo que siempre funcionó con plata.

De manera que el cambio fundamental no es, como señalan algunos críticos del Gobierno, el hecho de que antes los funcionarios hayan defendido el dólar alto y ahora miren con horror a cualquiera que sugiera una devaluación.

Tampoco que luego de haber cuidado la caja fiscal con disciplina de almacenero, ahora las autoridades se estén dedicando a batir récords de gasto público.

A fin de cuentas, siempre será materia opinable si estos cambios son criticables por denotar falta de criterio o si son elogiables por ser una demostración de flexibilidad y capacidad de adaptación.

En cambio, lo único que hasta ahora había sido inmutable en la política económica era la abundancia de recursos para lubricar la maquinaria del consumo. Pero también eso cambió.

Como señala Mario Brodersohn, ex secretario de Hacienda, en 2008, cuando empezó la última recesión, había un colchón fiscal (2,6% del PBI), mientras que hoy, por el contrario, hay un rojo de 1,6 por ciento.

Para peor, también se esfumó el superávit de la cuenta corriente (el que compara la cantidad de dólares que entran con los que salen).

“Con esos superávit gemelos el Gobierno en 2008 podía pagar con recursos genuinos sus vencimientos de deuda externa e interna. En la actualidad, en cambio, tenemos que cubrirlos con reservas y con emisión monetaria”, señala Brodersohn.

La sensación generalizada entre los analistas es que esta crisis no es una más, sino que marca el fin de una época.

“Si en los ’90 ‘nos patinamos’ las joyas de la abuela, en la década posterior financiamos la fiesta con un nivel de subsidios impresionante”, grafica Gabriel Caamaño Gómez, economista jefe de la consultora Ledesma.

Con menos caja y poco margen de maniobra Esta situación marca el mayor desafío para Cristina Kirchner: hacer funcionar, en tiempos de escasez, un modelo que fue pensado para la abundancia.

Cada vez que habla en un acto público, la Presidenta reivindica su vocación intervencionista en la economía y su desagrado por los ajustes presupuestarios como los que se llevan a cabo en Europa.

No obstante, el margen con el que cuenta actualmente la jefa de Estado para volcar dinero en la economía resulta muy escaso, ya que el país no pudo ahorrar en aquellos tiempos de abundancia.

La mayoría de los analistas son escépticos respecto de que, esta vez, se puedan aplicar los mismos “paracaídas” que atenuaron la retracción económica en 2009.

“Hay cosas que ya no se pueden hacer, como devaluar fuerte, tal como se hizo en aquel momento para recuperar competitividad”, afirma Diego Giacomini, economista jefe de Economía & Regiones.

En su visión, “hoy -con el rojo fiscal y la inflación que tiene el país- una brusca suba del dólar contagiaría enseguida a los precios de bienes y servicios”.

En tanto, Gastón Rossi, que ocupó el cargo de viceministro de economía en el inicio de la gestión de Cristina Kirchner, recuerda que en 2009 hubo dinero proveniente de fuentes extraordinarias que ya no se pueden repetir, como la captación de los fondos de las antiguas AFJP.

“Esto le había permitido al Gobierno un alivio en la carga de vencimientos de títulos públicos y, además, le otorgó una nueva caja de u$s4.500 millones anuales. Pero son cosas no renovables”, argumenta Rossi.

Para este ex funcionario, si bien hoy el Gobierno cuenta con más permisos legales para emitir -tras haber cambiado “de prepo” la Carta Orgánica del Banco Central- “su margen real es menor, porque el hacerlo desembocaría en una mayor presión inflacionaria“.

“El modelo, así como está planteado, ya no da para más, mantenerlo trae consecuencias negativas”, señala el economista Tomás Bulat.

En su análisis, argumenta por qué ahora, a diferencia de 2009, es extremadamente difícil que se pueda salir de un escenario recesivo recurriendo a la demanda interna y confiando en que el boom consumista cumpliera el rol de locomotora:

  1. Se agotó el superávit fiscal, el del Gobierno Nacional y el de muchas provincias.
  2. No hay más superávit energético.
  3. No hay más reservas de libre disponibilidad.
  4. No hay más tipo de cambio competitivo.
  5. No hay más crecimiento de los depósitos, en términos reales.

Sin caja, sobrevive el “relato” Claro que en los nueve años que lleva en el gobierno, el kirchnerismo no se ha privado de hacer ajustes cuando hizo falta.

Las herramientas típicas que se han usado en momentos complicados han sido fundamentalmente:

  • Un incremento formidable de la presión impositiva sobre sectores productivos.
  • El cierre de importaciones para posibilitar un mayor saldo en la balanza.
  • El menor envío de fondos a los gobiernos provinciales.
  • Un freno en la mejora real de los salarios, ahora con el congelamiento en el piso de Ganancias.
  • Para las empresas, la insólita falta de ajuste por inflación, que las obliga a tributar sobre utilidades ficticias.

Lejos de verlo como una debilidad, el Gobierno utiliza algunos de estos argumentos para reivindicar el relato.
Sin ir más lejos, en un entredicho con el ex titular del Banco Central, Martín Redrado, la Presidenta recordó que en plena crisis global de 2009, gracias a su política intervencionista se logró un saldo comercial más de dos veces superior al que supuestamente Redrado había pronosticado.

Ahora, como en aquella ocasión, también existen medidas de ajuste. Pero, la diferencia es que ya no se dispone de una  “gran caja” para contrarrestar los efectos recesivos y morigerar los conflictos sociales.

Según Redrado, “la Presidenta nunca gestionó en una situación de crisis y esa falta de muñeca la hace encerrarse en sí misma y aplicar más restricciones”.

La parte más explícita del nuevo ajuste fue la salarial. Cristina no sólo que dejó sin actualizar el piso en Ganancias sino que además  reclamó a los líderes sindicales moderación en los incrementos.

Tal es así que esos “puntitos de más” que se solían otorgar por encima de la inflación hoy llegaron a su fin y los acuerdos 2012 en promedio se ubican unos seis puntos por debajo de los de 2011 (23% contra casi 29%).

Aun así el empeoramiento en el mercado de trabajo ya es indisimulable.

Como advirtió Artemio López, el politólogo y encuestador más cercano al Gobierno, “sin planes sociales -cuyo sostenimiento implica un notable esfuerzo fiscal- la actual estructura productiva nacional funciona con 25 puntos de pobreza promedio”.

“El país no es una fiesta, ni lo será en el corto y mediano plazo. De tanto repetir buenas nuevas, no debiera uno terminar creyéndoselas”, fue la explícita apelación de Artemio López.

En este contexto, que ahora muestra un “modelo K sin plata”, tal vez el costado más elocuente sea el de las dificultades para el pago de salarios en las provincias, a las que, al decir de los economistas, les ha llegado “la federalización del ajuste”.

Un ojo en el blue, otro en la soja Y, por cierto, el máximo síntoma de lo que significa para un modelo consumista quedarse sin dinero es el cepo cambiario y el consecuente auge del mercado paralelo.

Una política que, según advierten varios expertos, sólo tiene un camino de ida, porque conduce a una lógica en la cual cada medida induce a otra que profundiza más la intervención.

En consecuencia, ya ningún experto espera que se levanten las restricciones sin que haya previamente una brusca corrección en la cotización oficial.

“Como no van a devaluar ni a pedir dólares en el mercado externo, entonces se apela al racionamiento para cuidar la reservas y, si es posible, aumentarlas”, razona Eduardo Curia, uno de los economistas más consultados por el Gobierno en los viejos tiempos en que “el modelo” se basaba en un tipo de cambio alto.

Lo cierto es que este cepo y la brecha del dólar oficial con el “blue” están mostrando sus efectos sobre el ritmo de compras de los argentinos, al hacer crecer la incertidumbre.

Ahora prima la cautela y más que una “puesta al día en el consumo”, tal como sucediera en otros años, se busca la “puesta al día del bolsillo”. Es decir, destinar una mayor parte de la mejora salarial a cubrir deudas o a ordenar el presupuesto individual.

Prueba de ello es que no hubo un fuerte impacto del efecto aguinaldo en los mostradores de los comercios. Por el contrario, la encuesta de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) muestra que en julio se registró una caída interanual de 6,3% en las ventas minorista, incluyendo rubros emblemáticos del consumismo K como los electrodomésticos.

Hay, por cierto otro gran capítulo que marca la dificultad que atraviesa “el modelo”: la crisis energética.

Según un cálculo de la Fundación Mediterránea, cuatro de cada 10 dólares que ingresaron este año por exportaciones agrícolas debieron ser utilizados para importar combustibles, un rubro en el que la Argentina era autosuficiente hasta hace dos años.

Este es uno de los principales motivos por los cuales los analistas suelen criticar el argumento oficial de que “el mundo se nos cayó encima” y argumentan que, por el contrario, la actual recesión es, en gran medida, autoinflingida.

En este panorama de vacas flacas, la principal arma del Gobierno para capear el temporal sigue siendo el gasto público, financiado cada vez menos con recursos genuinos y más con emisión del Banco Central.

Según estima el consultor Federico Muñoz, a lo largo de 2012 el aporte del BCRA superará cómodamente los u$s17.000 millones respecto al año pasado.

El modelo ha tenido, en estas últimas semanas, una única buena noticia: el nuevo auge de la soja, que le permitirá al Gobierno hacerse de un ingreso de unos u$s13.000 millones superior respecto a la cifra proyectada para la exportación del “yuyito” de este año.

Lo cual implica una ironía que Muñoz describe de esta forma: “El kirchnerismo se enfrenta a una curiosa paradoja. Se jacta de un presunto proceso de reindustrialización y diversificación de la base productiva; pero lo cierto es que en 2013 estarán más pendientes que nunca del clima y de Chicago, en la esperanza que una buena cosecha les brinde la caja imperiosa para enfrentar las elecciones legislativas”.