El Gobierno apuro un Plan B para recibir ayuda del FMI

La mayor parte del dinero del primer paquete, si las negociaciones llegaran a buen puerto, se está discutiendo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La hipótesis de máxima es que el organismo que maneja Christine Lagarde libere más fondos para el stand by con la Argentina; aunque se reconoce que esta alternativa es difícil. Según la visión del propio encargado del caso argentino para el FMI, Ricardo Caldarelli, los u$s50.000 millones originales son mucho más de lo que podía aspirar el país, y hay otros estados que integran el board que no aceptarían esa ampliación. La segunda hipótesis entonces en negociación es que el FMI acelere los tiempos en el plan de liberación del dinero, reduciendo de tres a dos años la vigencia del plan de desembolsos. La idea es que para el segundo semestre de 2019 los u$s50.000 millones estén ya liquidados; y, con esto, las necesidades financieras de todo el Gobierno de Mauricio Macri cubiertas.

Si estas negociaciones no avanzaran (todo dependerá de la decisión política de Lagarde y del apoyo con que cuente en el directorio del Fondo), se analiza el plan B: los contactos con la Secretaría del Tesoro norteamericana que dirige Steven Mnuchin. Este funcionario es un viejo amigo del Gobierno de Mauricio Macri, y representa la relación más sólida entre las finanzas argentinas y norteamericanas. Con Mnuchin incluso fue con la primera persona que se sondeó luego de abril algún tipo de ayuda financiera para apuntalar la economía argentina, cuando desde EE.UU. comenzaron a subir las tasas de interés de la deuda de ese país. En ese momento se consideró que aún la situación era manejable, pero que se tendría en carpeta el ofrecimiento. Luego, con el agravamiento de la crisis, hubo contactos con el secretario de Tesoro, pero el dinero disponible no alcanzaba para cubrir las necesidades financieras para el año y despejar las dudas para todo 2018. Por eso desde Buenos Aires se eligió la alternativa del FMI, pero sabiendo que este plan B (adelantado por este diario el 14 de agosto pasado) estaría disponible. El problema, tal como lo dejó claro Mnuchin, es que la palabra final la tiene Donald Trump y que, en consecuencia, deberá ser una gestión personal del Presidente argentino con su colega y viejo conocido norteamericano la que destrabe la ayuda. El monto que se negocia es, por ahora, un misterio. Lo mismo que las condiciones. Sólo existe el antecedente de Bill Clinton con México luego de la crisis tequila del 94. Pero se reconoce que las circunstancias son diferentes. Los argumentos de la ayuda serían más políticos que financieros. Se habla de la convicción desde Washington de la importancia de mantener la estabilidad económica del país, en tiempos en los que Argentina es uno de los principales referentes regionales contra el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Esto, además de las incógnitas que trae la situación brasileña y las posibilidades serias de una victoria electoral de Luiz Inacio Lula da Silva.

La convicción desde Argentina es que el dinero que podría aportar EE.UU. (más otro tanto provenientes de fondos de inversión internacionales amigos), debería servir para despejar la incógnita que los mercados tienen con el país: que pueda pagar las deudas acumuladas, al menos, hasta diciembre de 2019. Y que mientras tanto, los planes presupuestarios para el próximo año de ajuste fiscal se cumplan. Macri y su gabinete están seguros de que esto último será garantizado, y que sólo necesita que se despeje la primera duda para poder, ahora sí, comenzar a hacer equilibrio macroeconómico para pensar en un 2019 mejor que 2018 (en realidad, mucho esfuerzo no habrá que hacer). Finalmente, hacia octubre y una vez que el Presupuesto 2019 esté aprobado por el Congreso nacional (con la promesa real de una reducción del déficit a 1,3%), Mauricio Macri le dio la orden a Dante Sica para que prepare un plan de medidas de reactivación. El plan, obviamente, deberá tener como principal restricción las metas presupuestarias acotadas, con lo que la esperanza está puesta en los sectores que se beneficiaron con la devaluación y que, pronto, deberían comenzar a responder con la generación de divisas. El más importante es el campo. Para el Ejecutivo terminaron los meses de penar por la sequía, y comenzaría un período más optimista.