Lloverán dólares de la soja en Argentina

Es el “angel guardián” del modelo K. Su precio récord aporta miles de millones no previstos. El ingreso de la próxima cosecha entusiasma a analistas con pronta salida del escenario recesivo. Pero dudan sobre si disimulará inconsistencias. Impacto en empresas y en plaza cambiaria

Cristina Kirchner no pierde oportunidad de marcarles los errores de pronóstico a los economistas críticos del “modelo”. Y por eso tuvo un momento de regodeo cuando, en una de sus recientes alocuciones, recordó que todos los consultores habían proyectado una caída en los precios de las materias primas agrícolas -especialmente de la soja– para este año.

No dijo, claro, que el Gobierno también había errado su propio pronóstico, cuando al elaborar el proyecto de ley de presupuesto 2012 consideró que el precio promedio sería de u$s486.

Lo cierto es que era casi imposible imaginar que Estados Unidos, primer productor mundial, sufriría su peor sequía desde 1956.

Tampoco que, por consiguiente, los mercados iban a reaccionar con una violenta suba, que llevó a que “el yuyito” tocara el precio récord de u$s648, dejando bien atrás las marcas del 2008, cuando la Argentina vivió su gran conflicto por las retenciones a las exportaciones.

En todo caso, la Presidenta aprovechó la situación para matar dos pájaros de un tiro: por un lado, para criticar a sus críticos y, por otro, para insinuar que gracias a estos buenos precios el futuro es menos complicado de lo que parece.

Esa observación pareció algo contradictoria con su frase de cabecera de 2012 (“el mundo se nos cayó encima”) y con su versión respecto de que el crecimiento económico argentino durante la gestión kirchnerista no puede ser atribuido al “viento de cola”.

Lluvia de “sojadólares” En definitiva, lo que queda en claro es que, una vez más, la soja vuelve a ser protagonista casi excluyente de la economía, al punto de que la disparada en su precio reaviva, por sí sola, un nuevo debate sobre si hay que revisar todas las proyecciones.

Desde quienes creen que vendrá un gran oxígeno para las cuentas fiscales (y que, por lo tanto, hay “modelo K” para rato) hasta los más escépticos, que opinan que ya no alcanzará para disimular las inconsistencias, hay un amplio rango de opiniones.

Sin embargo, en lo que sí hay consenso, es en que la economía argentina se ha vuelto más “sojadependiente” que nunca.

Actualmente, en sus diversas formas (poroto, aceite, derivados) representa casi uno de cada tres dólares que ingresan al país por ventas al mundo (27%), y ese porcentaje tiende a crecer en el corto plazo por el efecto combinado de una mejor cosecha y precios más altos.

Por lo pronto, en este 2012, signado por la escasez de dólares, la sequía estadounidense es casi otra demostración de que “Dios es argentino”.

Es que el ingreso de divisas será superior en u$s2.000 millones al originalmente previsto, según un informe del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf). Y el panorama luce mejor para el año próximo.

 

Pero este es apenas un efecto parcial de la “bendición” sojera.

Esto es así porque, para el próximo período no ocurrirá la situación clásica (es decir, precios y cantidades yendo en sentidos inversos) sino que hasta se dará el inusual caso de precios muy altos y, a la vez, una gran cosecha, si es que se confirman las previsiones climáticas.

Para el consultor financiero Salvador Di Stefano, el campo ya se refriega las manos: “Si el clima acompaña no sería descabellado pensar en un ingreso de u$s27.500 millones (55 millones de toneladas a u$s500). Es una cifra impresionante”.

La caja, agradecida Los impactos de la “super soja” sobre la caja estatal son diversos, pero todos destacan el rol de alivio que aportará el yuyito a una economía complicada (para el Iaraf, en 2013 habrá un ingreso u$s5.300 millones superior al de este año).

“Resultará significativo, ya que esos dólares extras que podrían ingresar equivalen al 70% de los vencimientos de deuda que tendrá el país en 2013″, señala Nadin Argañaraz, director de la entidad.

En tanto, el influyente ex viceministro Miguel Bein también cree que gracias a “ella” se puede avizorar un camino más despejado para los trimestres que vienen.

Su estimación, que resulta ser superior a la de Argañaraz, es que en 2013 aportará unos u$s8.000 millones “extra” a la oferta de dólares, mientras que los pagos por obligaciones externas serían de u$s4.900 millones, la mitad de lo que se debe abonar este año.

Todos estos pronósticos llevan a la pregunta inevitable de si, gracias al yuyito, hay que olvidarse de las estrecheces financieras de este año (cierres importadores, cepo al dólar o aguinaldos pagados en cuotas) o si todavía es prematuro dejarse llevar por la euforia.

El tipo de cambio, más relajado Por lo pronto, el hecho de que la soja se encamine a regalarle al país un ingreso de dólares récord trae beneficios al bolsillo de todos los argentinos, incluso a los que nunca pisaron un campo.

Uno de ellos es que facilita el pago de la factura de energía comprada a otros países, que este año alcanzará la friolera de u$s7.000 millones, de modo tal que el Gobierno cuenta con mayor margen de maniobra para alivianar la carga impositiva sobre una parte de la sociedad.

Según Jorge Vasconcelos, economista de la Fundación Mediterránea, antes de la disparada del yuyito la Argentina estaba condenada a destinar u$s4 de cada u$s10 que ingresaban por las exportaciones agrícolas a pagar la cuenta de combustibles. Esto ya comenzó a cambiar.

Otro de los beneficios que trae recae sobre las empresas y sus posibilidades de generar y mantener empleo.

¿Por qué? Sencillamente porque al mejorar la caja por exportaciones también se hará más flexible el ingreso de máquinas, equipos e insumos traídos del exterior. En el primer semestre del año, las importaciones fueron unos u$s2.000 millones más bajas respecto del año pasado, siendo estos rubros unos de los que más cayeron.

Con una situación más desahogada, el Gobierno estaría en condiciones de flexibilizar el duro contralor a las importaciones. Esto a su vez, hace que la economía no se enfríe tanto y que las compañías no estén sujetas a permanentes cortes en sus líneas de producción, tal como se ve ahora.

Otro de los beneficiados es el peso argentino y su relación con el dólar en la plaza local, habida cuenta de que el Banco Central -que es la entidad que rige su destino- gozará de un mayor margen para mantener su sistema de devaluación “de a cuenta gotas” de la moneda local.

La gran pregunta que se hacen muchos argentinos es si la “super soja” podrá destrabar el “cepo cambiario”, para que quienes lo deseen puedan ir al banco a comprar billetes verdes sin problemas.

De momento, los analistas se encuentran escépticos a que esto suceda, pese a que en los próximos meses el Gobierno comenzará a prepararse para dar batalla en las legislativas y aunque la restricción es una medida antipática para los votantes.
Ocurre que la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo llegó a un nivel tan grande que ya no se considera viable el levantamiento del cepo sin que se produzca una fuerte inestabilidad.
“Esta situación ya es ilevantable por propio imperio. Es algo que el Gobierno tiene interiorizado. Y a esta altura, ya no puede pensarse en salir de las restricciones sin que eso implique una devaluación importante“, razona Eduardo Curia, uno de los economistas que defienden la política de un dólar alto.
“Las restricciones cambiarias tienen que ver con que el Gobierno no tiene los dólares suficientes, principalmente por el fracaso de la política energética, que implica una alta salida de divisas”, afirma el exministro de Economía Roberto Lavagna.
En su visión, “lo que sucede ahora es la consecuencia de cinco años de falta de confianza, que se tradujo en fuga de capitales, caída de inversión y poca generación de empleo del sector privado”.
Lavagna señala que “para que haya un cambio en el mercado de divisas debe haber un plan integral, que genere una mayor confianza sobre el Gobierno”.
“Para mirar si se está sacando rédito de la bonanza externa hay que seguir de cerca un indicador: si entran divisas o si se siguen yendo del país por falta de confianza”, recalca.
En este sentido, lo que consideran los analistas es que, si bien los “sojadólares” traerán alivio, tampoco habrá una situación tal que permita volver a un escenario en el que el Banco Central pueda darse el lujo de vender u$s2.000 millones mensuales a los ahorristas, tal como ocurría en los meses previos al cepo.

Como refuerzo para este argumento, la mayoría de los economistas cree que, aun con la ayuda del campo, no necesariamente habrá una caída de la inflación. De manera que el apetito por huir del peso hacia un activo seguro no amainará.
Como advierte el economista Carlos Melconian: “Con más agrodólares habría más margen cambiario pero no reactivación segura. Y hasta podría ser contraproducente para la inflación y el atraso cambiario“.
En igual sentido, Hernán Lacunza, ex gerente del BCRA, destaca que para que el Central absorba la gran cantidad de “sojadólares” se verá obligado a una “mayor emisión de pesos” con la consecuente presión inflacionaria.

Advertencias contra la euforia Un cuestión que resulta más complicada es la de evaluar los efectos de la soja sobre las expectativas.

Al respecto, hay analistas que afirman que no es necesario esperar a que se levante la cosecha, sino que la mera noticia de una suba en los precios ya puede atenuar el enfriamiento de la economía.

En opinión de Lucas Llach, docente de la Universidad Di Tella, habrá un “efecto riqueza” en lo inmediato: “Los sojeros son dueños de la soja que ya comercializaron, pero también de la que cosecharán. Son más ricos aunque todavía no la hayan vendido”.

Y agrega que ese mismo efecto se sentirá sobre el tipo de cambio: “Las distintas monedas de un país -que se mueven día a día con las variaciones de los precios externos- no necesitan que las exportaciones sean ‘liquidadas’ para que haya un efecto sobre el tipo de cambio y balanza de pagos”.

Llach señala que “la sola percepción de que el país es más rico por cotizaciones más altas tiene un impacto inmediato en los mercados, puramente por una cuestión de expectativas”.

Pero también hay quienes señalan los “costos ocultos”. Especialmente por el lado de la “agflación”, una palabra que los argentinos aprendieron en 2008, cuando el auge mundial de las commodities llevó a una suba global en el precio de los alimentos.
Algo de esto podría repetirse, advierte el consultor Di Stefano: “El Gobierno necesita recursos, por eso libera el comercio exterior y dice a los productores ‘a exportar que se terminó el mundo’. Esto impulsa a la suba el precio del maíz. Las vacas, los pollos y los cerdos comen este cereal. Esto quiere decir que la carne aumentará o los que la producen perderán rentabilidad”.

El gran temor, no obstante, es el del “efecto anestesiante” que pueda tener la soja sobre la política económica. Es decir, el hecho de que el alivio de corto plazo en la caja fiscal siga llevando a una postergación del “service” que imperiosamente requiere el “modelo K”.

Por eso, hay todavía muchos analistas que advierten seriamente contra la euforia sojera.

“Al modelo ya no le alcanza ni con la soja a u$s600 ni con una cosecha récord”, advierte Rogelio Frigerio, de Economía&Regiones.

También el analista Federico Muñoz señala que ante la ausencia de cambios, los problemas seguirán incluso con cierto “viento a favor”.

“Se requiere de un país con un modelo económico consistente. Hasta tanto eso no suceda, el dólar blue seguirá desafiando nuevos máximos y la economía seguirá en un camino incierto, aunque la soja se sostenga por encima de los u$s600″, avisa el analista.

Otros economistas, como Ramiro Castiñeira, de Econométrica, destacan que la apreciación del peso argentino llegó a tal magnitud que el yuyito por sí sólo no alcanzará a disimular.

“El creciente atraso cambiario hará que rápidamente se agoten las divisas que ingresen, para así volver a chocar con la restricción externa, y nuevamente esperar a que suba la soja”, apunta el analista.

Y, finalmente, quedan en pie los viejos debates, como los referidos a la creciente sojización del campo argentino y a los riesgos de que la economía sufra los efectos de la “enfermedad holandesa” (la desindustrialización que aqueja a un país cuando su economía depende excesivamente de una materia prima).

Pero, claro, esos son análisis para el largo plazo. Y en la Argentina, que siempre tiene urgencias, la suba de la oleaginosa implica una bocanada de oxígeno que nadie va a lamentar.

El Gobierno no sólo tiene motivos para estar contento por el alivio fiscal, sino porque el año que viene hay elecciones, y una vez más la soja se podrá revelar como un “protagonista” importante de la política argentina de cara a las urnas.