Latigazos para todos y todas

El manejo concentrado del poder económico ejercido por la Presidenta la  puede terminar convenciendo de que es infalible en la toma de  decisiones. Cuando se detenta el poder del Estado suele ser fácil la  diatriba contra supuestos “enemigos” de la Patria, sean empresarios,  periodistas, economistas o sindicalistas.

La presidenta Cristina Fernández advirtió estar dispuesta a aplicar el rigor del látigo a todo aquel que ose criticar el “modelo”, al sugerir que quienes están en desacuerdo con sus políticas o medidas deberían tenerle “un poquito de miedo”. En simultáneo, su mano derecha en Economía, Axel Kicillof, pidió sin tapujos salir a “fundir” al Grupo Techint, una de las  principales compañías nacionales de la Argentina, luego de trascender conceptos críticos del jefe de ese holding, Paolo Rocca, hacia la marcha del modelo económico. A esto se sumó la furiosa embestida de un desencajado ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, quien cada vez pierde más áreas de poder en el gobierno cristinista, y una oportunista y tardía aparición del vicepresidente “@BoudouAmado” en twitter,  repitiendo lo que ya habían dicho todos los demás. Cuando se detenta el poder del Estado suele ser fácil la diatriba contra supuestos “enemigos” de la Patria, sean empresarios, periodistas, economistas, sindicalistas o hasta una humilde entidad de defensa del consumidor cuyo titular se hace prensa llamando personalmente a las redacciones, porque carece de presupuesto. Tal vez esta historia de embestir en forma desproporcionada contra cualquiera que opine distinto haya comenzado aquella vez en que en plena Plaza de Mayo el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, hizo el famoso gesto de degollar a los enemigos, mientras discutía con un joven Martín Losteau sobre la relación con el campo. O quizás haya arrancado el propio 25 de mayo del 2003, cuando un débil Néstor Kirchner -había obtenido el 22 por ciento de los votos y aún así era encumbrado presidente- consideró que debía atacar a todos a la vez para recuperar la autoridad presidencial perdida durante el gobierno de Fernando de la Rúa y sus desaciertos, lo cual logró a un costo altísimo, su propia vida. Pero las inspecciones de la Afip al renombrado director de cine Eliseo Subiela por haberse quejado del cepo cambiario, o el exabrupto del efusivo Kicillof amenazando con fundir al Grupo Techint bajando el precio de la chapa, hacen recordar aquel llamado a los gritos de Kirchner exigiendo un boicot contra Shell. Los actores de uno y otro lado suenan desproporcionados, y el Gobierno no debería confundir el 54 por ciento de los votos obtenidos por Cristina Fernández el año pasado con un cheque en blanco para pasar por encima a “todos y a todas”. Si un empresario de la talla de Paolo Rocca advierte sobre la existencia de una pérdida de competitividad y sostiene que desde el 2008 el Gobierno perdió el rumbo de la política industrialista, tal vez convendría sentarse a escuchar sus propuestas y el origen de sus críticas, más que pensar en que busca desestabilizar a alguien. Pero el Gobierno se ha encerrado en un círculo cada vez más cerrado, a tal punto que las empresas tienen casi prohibido sacar comunicados, porque la forma y la oportunidad en que se distribuyen sus noticias es digitada desde la Casa Rosada. El manejo concentrado del poder económico ejercido por la jefa de Estado la puede terminar convenciendo de que es infalible en la toma de decisiones. El pánico de sus colaboradores a marcarle posibles errores que se estarían cometiendo y las correcciones necesarias, le hace un flaco favor de la economía, y más en un escenario internacional tan adverso. En épocas de crisis, más que repetir catecismos adoptados como palabra santa, conviene abrir los oídos a los críticos, porque tal vez allí anide parte de las soluciones a temas como la inflación, el retraso cambiario, la pérdida de competividad, el debilitamiento del entramado social, el cepo cambiario, el desmadrado intervencionismo estatal y tantos otros interrogantes que deja esta hora.